La nueva clase media trabajadora en Argentina

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Los fuertes aumentos de salarios otorgados en 2010 a aquellos empleados incluidos en los convenios colectivos no solamente dieron lugar a una proliferación de dependientes que pasaron a ganar casi lo mismo, y en muchos casos más, que sus propios jefes. También generaron un cambio significativo en la llamada pirámide socioeconómica.

En efecto, existe un numeroso grupo de asalariados que posee ingresos mensuales comprendidos en el rango que va desde los $3.000 hasta los $4.000, acorde a la remuneración bruta promedio de $3.600 que marca el INDEC para la llamada población económicamente activa, considerando la totalidad del país.

Sin embargo, los acuerdos cerrados en paritarias por varios sectores permitieron que muchos trabajadores hoy ganen muy por encima de esa cifra. Es decir, entre los $4.000 y hasta los 9.000 pesos.

Vale decir que su nivel de ingresos resulta bastante superior al promedio salarial de, por ejemplo, los empleados administrativos. O de aquellos que se desempeñan en el sector comercio.

¿Quiénes son? A modo de ejemplo pueden mencionarse a los salarios en bruto de camioneros ($10.000), portuarios ($8.000), metalúrgicos ($7.800), aceiteros ($7.700), telefónicos ($7.600) o petroleros (hasta $18.000, en algunas posiciones). La lista es más extensa, pero los mencionados sirven como muestra para ilustrar el profundo cambio que se ha generado en términos socioeconómicos.

Estos valores corresponden a los sueldos máximos para obreros especializados y con jornadas especiales que se desprenden de los convenios colectivos pactados en 2010. Sin embargo, no contemplan otros ingresos extra, como los premios por productividad, que no forman parte del salario.

La irrupción de una nueva clase

Es así como muchos economistas, sociólogos y analistas de marketing y tendencias de consumo no sólo comienzan a hablar de la irrupción sino además del impacto de este cambio social.

Y no dudan en ponerle un nombre: la “clase media trabajadora”, que exhibe algunas particularidades que la distingue de la tradicional.

Gran parte de quienes la conforman, que históricamente percibieron ingresos más asociados a los de la clase media-baja, ahora pasaron a formar parte de la categoría que los marketineros califican como “C2″ y “C3″.

En contraposición, la llamada “clase media clásica”, que comprendía a muchos integrantes con formación universitaria, comenzó a recorrer el camino opuesto.

El impacto de este cambio social es muy alto. Y los analistas ya le atribuyen un rol clave en la marcha de los indicadores económicos.

“Un diferencial importante de Argentina en comparación con el resto de América latina es que posee sindicatos fuertes y bien organizados”, sostiene el economista Miguel Bein.

“Esto hace que hoy se hable en la Argentina sobre una nueva clase media trabajadora, algo que hasta hace unos años no existía. Estamos viendo aumentos salariales deL 15% en dólares, cuando lo normal en un país que le va muy bien es de un 7%”, destaca el analista.

Ernesto Kritz, especialista en asuntos laborales, va más allá al indicar que “el sector de los trabajadores registrados no solamente se despegó del nivel de ingresos bajos sino que, además, está siendo el principal impulsor del boom del consumo”.

Agrega que, si bien el inicio de esta nueva categoría tiene como punto de partida los acuerdos salariales que datan de 2005 y 2006, fue recién este año cuando, en medio de un entorno de alta inflación, se manifestó con más fuerza.

“Hoy puede decirse que el sector registrado y sindicalizado es el que está disfrutando los logros del crecimiento económico, y es aquél que pudo tomar bastante distancia del sector informal de ingresos bajos”, señala Kritz.

Y si algo está claro es que, a pesar de todas las advertencias sobre si estos niveles de aumentos resultan sostenibles sin generar una espiral inflacionaria, nada indica que el crecimiento de esta nueva clase media trabajadora se detenga en el corto plazo.

En efecto, en pleno período pre-electoral ya se anticipa que las futuras paritarias serán sin techo y mostrarán cifras de incrementos salariales similares a las de este año, es decir, varios puntos más por encima de la inflación.

“Los salarios en dólares se van a ir por las nubes”, había afirmado el presidente del Banco Ciudad, Federico Sturzenegger, al anticipar el panorama de 2011, asumiendo que los ajustes nominales seguirán altos en un entorno de tipo de cambio planchado.

¿Billetera mata educación?

Ahora bien, ¿qué se tiene en cuenta para que una persona pertenezca a un determinado estrato social? ¿Pesan por igual el nivel de estudios y el ingreso que recibe a fin de mes?

“Aunque muchos sectores cuenten con importantes ingresos, desde el punto de vista social -cuando se define a la clase media tradicional- no sólo se tiene en cuenta el dinero, sino que entran en juego otros aspectos”, destaca Guillermo D’Andrea, profesor del IAE y especialista en consumo.

Para el analista, “la educación, más que el ingreso, es aquello que suele marcar una mayor diferencia en el estilo de vida”.

Si se toma como ejemplo la categorización que establece CCR, consultora especializada en consumo, una familia con ingresos superiores a los $5.000 ya puede sentirse parte de la llamada clase media-media.

Días atrás, iProfesional.com dio cuenta de cuál es el parámetro de referencia generalmente aceptado, a la hora de determinar la pirámide socioeconómica.
¿Cuánto se debe ganar?:

Para ser un “clase alta”, el ingreso debe superar los $19.000
Para ser un clase “media-alta”, debe ubicarse entre los $19.000 y $8.000
Para ser un clase “media-media”, entre los $8.000 y $5.000
Para ser un clase “media-baja”, el promedio se ubica en los $3.800
Ahora, ¿en qué proporción influye el nivel de ingresos y los estudios?

La respuesta varía dependiendo de quién haga el análisis. Porque la definición de las distintas clases sociales tiende a ser elástica.

Para las “frías” estadísticas, que miden las posibilidades de acceder a determinados servicios básicos, el salario resulta ser la variable fundamental.

Para las empresas, y para quienes elaboran las estrategias de marketing, hay determinados bienes cuyo consumo no depende únicamente de la capacidad de pago, sino de la necesidad de pertenencia a un determinado segmento social.

Los “clase media” que no se resignan a bajar

Allan Poe Castelnuovo, especialista en marketing de la Universidad de Palermo, recuerda que siempre se consideró que la identidad y el “orgullo” de la clase media pasa, sobre todo, por el consumo de bienes educativos y culturales.

“Como en general no pueden dejarle a sus hijos grandes volúmenes de capital económico, intentan capitalizarlos con dichos bienes”, sostiene.

Para el experto, así como un aumento del ingreso no hace que alguien automáticamente se transforme en “clase media tradicional”, tampoco una baja transitoria del salario hace que una persona deje de considerarse como perteneciente a esta categoría social.

“La inflación puede impactar sus lógicas de consumo a nivel material, pero no necesariamente sus estructuras de normas y valores dentro de un patrón de clase media”, agrega Castelnuovo.

No obstante, cuando el poder de compra en términos reales desciende -como ocurrió este año con los profesionales y empleados jerárquicos fuera de convenio- éstos tienden a reforzar algunas conductas para sentirse que “aún pertenecen” al mismo estrato social y que no han caído en la pirámide.

Según Castelnuovo, ello les implica una elección sobre qué consumos pueden ser prescindibles y cuáles deben mantener para reforzar su sentido de inclusión.

A modo de ejemplo, Castelnuovo destaca que quienes dejaron de enviar a sus hijos a un colegio privado -por cuestiones de presupuesto- ahora comienzan a revalorizar a la educación estatal.

O si recorren una mayor distancia para hacerse de una oferta, tienden a asociar este comportamiento a una conducta racional más que a un regateo.

“Es esperable que los cambios vengan acompañados de una simbolización justificadora. Que empiecen a circular relatos que revaloricen la escuela pública, o que la búsqueda de un precio más bajo no sea sinónimo de mezquindad sino de lucidez”, agrega el experto.

Otro grupo que ha caído en la pirámide -en el actual entorno de alta inflación que beneficia a los convencionados- es el conformado por los trabajadores en negro y cuentapropistas de bajos ingresos.

Según Kritz, el sector informal es el más desprotegido ante la suba de precios, ya que no puede indexar su remuneración. Y, por otra parte, ve dificultada su entrada al mercado formal, debido a la reticencia de las empresas a aumentar las nóminas.

Los “clase media” que buscan subir

A la hora de distinguir los rasgos que distinguen a la “clase media trabajadora”, Kritz afirma que una característica típica en sus hábitos de compra es la preferencia por la adquisición de bienes más que de servicios.

“Esto es lo que contribuye a explicar el boom en la venta de electrodomésticos”, señala.

Además, destaca que la contracara de esta actitud es la de una menor propensión al ahorro.

También Daniel Vardé, especialista en consumo de la consultora Deloitte, destaca que el objetivo más inmediato de quien mejora su ingreso es la posesión de ciertos bienes.

Quiere “sentirlos”, para mostrarse a sí mismo y demostrarles a otros, que logró ascender en la escala social.

Y menciona a ciertos consumos que son de tipo “aspiracional”, que van desde una zapatilla de marca, un LCD, un nuevo celular y hasta un automóvil.

Clase media “T” en la economía “K”

Los expertos consultados destacan estos cambios relativos en la estructura socioeconómica tradicional y dan cuenta del impacto en la economía K.

Este grupo social exacerba el consumo a corto plazo y por lo tanto resulta sumamente funcional a la actual política económica. Además, no se trata de un consumo de productos ‘B’, sino que busca una gratificación con los llamados ‘A’, o de primera línea. “No es sólo la clase alta la que compra zapatillas de marca”, destaca Javier Casas Rua, socio de PriceWaterhouse Coopers.

“Un dato fundamental es que es un grupo de asalariados que no compra dólares, a diferencia de la clase media típica, que cuando puede trata de ahorrar. Esto ayuda al actual modelo, que privilegia la demanda y busca reducir la fuga de capitales”, destaca Eric Ritondale (Econviews).

La consecuencia del punto anterior es que cuando toda la mejora del ingreso se canaliza en consumo, esto contribuye a acentuar la presión inflacionaria.

“Aumentos salariales como los que están dando las empresas argentinas son imposibles de absorber sin trasladarlos al valor final de un producto. En algún momento se va a requerir de un acuerdo de precios y salarios, por el que se busque otorgar subas más consistentes con una inflación del 15% que de 25 por ciento. Claro que esto no va a ocurrir antes de 2012″, explica Bein.

Mientras tanto, la “nueva clase trabajadora” irá creciendo en cantidad de integrantes y seguirá escalando en la pirámide social argentina.

Autores: Fernando Gutiérrez – Guillermina Fossati – Juan Manuel Barca

Fuente: iProfesional.com

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Mariano Morresi

Fabricantes contra marcas blancas

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El avance imparable de las enseñas de la distribución divide a la industria.

Oreo nos envía a diario desde la tele un mensaje clarísimo -”no fabricamos para otras marcas”- dirigido, para que no haya duda, a sus incontables forofos. Esta famosa galleta no es el único producto de Kraft Foods imposible de encontrar trasmutado bajo una marca de la distribución, ya que esta multinacional tiene a gala no fabricar ninguna de sus marcas bajo otra enseña que no sea la suya. Lo que supone todo un reto. Las llamadas “marcas blancas” se han disparado en los últimos años, en parte por la crisis. “Estos productos”, dice Ignacio Larracoechea, presidente de Promarca, que reúne a decenas de empresas con las marcas más valiosas en España, “ya tienen el 33% del mercado de gran consumo”.

De este desafío, que le está complicando la vida a muchas marcas, ha partido la decisión de algunas grandes empresas como Kraft, Coca-Cola, Danone,Pascual, Calvo, Ausonia o PepsiCo a reaccionar negándose a atender las invitaciones de sus poderosos clientes para que fabriquen para ellos. De modo que marcas como la citada Oreo, Fontaneda, Matutano, Milka, Shandy, Aquarius, Nivea, Minute Maid, Gatorade, Ruffles o Vivesoy, entre muchas otras, no tienen su clon de la distribución.

Antonio Mariani, director de marketing en Kraft, explica la decisión de su empresa de no fabricar para terceros porque “nos permite decir al consumidor que nuestros productos son distintos y ni siquiera están elaborados en las mismas fábricas”. En Danone apuntan que sus “fermentos, la base de los beneficios de nuestros productos, son únicos y sus propiedades también. Por eso queremos fabricar para otras marcas”. Y en Leche Pascual, que publicita también su negativa a producir para la distribución, apuntan que “es muy difícil compaginar la producción más costosa (artículos innovadores y de calidad) con la basada solo en precio”.

No se trata de una opción fácil. En Promarca reconocen que “resulta difícil negarse a las peticiones de una cadena que puede representar el 10% o el 25% de tus ventas”. E incluso a los muy grandes les puede resultar ingrato renunciar a los ingresos adicionales por esas ventas. Lo que explica que las más ni siquiera se hayan planteado esa posibilidad. Sobre todo en una época de crisis. “Es cierto”, reconoce Mariani, “que dejamos de fabricar algunos volúmenes; eso sí, de escasa rentabilidad”. Larracoechea quita importancia a esas posibles pérdidas de negocio: “Sí es posible que a corto plazo pierdas algunas ventas, pero al final mantienes la diferenciación. Cuando produces para terceros envías al consumidor el mensaje de que tu producto es igual que el de la distribución, lo que hace que este acabe comprando el más barato creyendo que es igual. Y al final sí, terminas perdiendo ingresos”.

Claro que no todos han podido permitirse renunciar a la fabricación para terceros. A algunas empresas que lo hicieron no les fue bien. Jaume Llopis, profesor del IESE, cita tres condiciones imprescindibles para renunciar: “Ser una marca líder, tener márgenes elevados y no tener capacidad de producción sin utilizar. Si no, es inviable”. A esto añade Larracoechea que “deben ser primeras o segundas marcas, ya que las terceras, debido a la expansión de la marca blanca, se encuentran con crecientes dificultades para estar en los lineales”. La diferenciación del producto y la fidelidad absoluta de los consumidores son también básicos.

Esto deja fuera a las marcas poco originales, basadas sobre productos indiferenciados, commodities. Lo que explica que algunas empresas hayan sacado resultados más bien regulares de su decisión. En el sector se apunta que a Calvo el no fabricar marcas blancas le ha costado una reducción de sus ventas. Lo mismo se dice de Leche Pascual, sobre todo con la leche. “Algunos productos”, prosigue Llopis, “son tan indiferenciados que encuentran cada vez menos consumidores dispuestos a pagar un plus. Es el caso de la leche, el aceite de oliva, las conservas de bonito o los frutos secos”.

Expertos del sector afirman que esta menor diferenciación -en leche- ha obligado a Pascual a reducir los precios de este producto. Pese a ello, Javier Colomina, director general corporativo de Pascual, apunta que en su empresa “trabajar con su propia marca es un principio estratégico”.

Igual que negarse a hacer marcas blancas entraña riesgos, lo contrario también tiene sus peligros. “Hay muchas empresas como Sovena que solo fabrican para el retail, y apostar por eso”, señala Llopis, “te mete en otro circuito, basado solo en el precio, con márgenes muy bajos”. Con el peligro de acabar dependiendo de las cadenas, un oligopolio dominado por cinco o seis empresas. “Te echan, como ha ocurrido con algunas empresas en Mercadona, y te hundes”, concluye Llopis.

Las empresas que han optado solo por sus marcas no lo ven de modo tan negativo. “Nosotros”, asegura Colomina, “entendemos que las marcas líderes siempre tendrán hueco en los lineales, ya que aseguran a la distribución márgenes más interesantes que los de las marcas blancas, que lo que buscan es volumen de ventas”. Colomina añade que “las tiendas necesitan tener grandes marcas para atraer a la clientela de clase media. Por eso Lidl tuvo que dar entrada a las marcas fuertes”.

En las empresas que producen para la distribución no se opina lo mismo. “En Nestlé”, apunta Llopis, que fue director general del grupo en España, “decidimos hacer marcas blancas en 1986, pero bajo tres condiciones: que hubiera excedente de capacidad (para no mermar nuestros márgenes), no tener que hacer inversiones y no fabricar la marca blanca con la misma composición de nuestra marca líder”. Este ejecutivo afirma que, al contrario de lo que apuntan los que dicen que fabricar para marcas blancas cambia el enfoque de la empresa desde la innovación y el marketing hacia la producción masiva barata, “cualquier empresa puede seguir haciendo innovación y cultivando sus marcas mientras fabrica para otros: son dos líneas de negocio diferentes”.

Hacerlos también aporta, prosigue Llopis, ventajas nada desdeñables. “Si eres líder y tienes un 25% del mercado con tu marca, y le añades otro porcentaje importante con marca blanca, refuerzas tu posición en la categoría, logras mayores economías de escala y te haces inexpugnable”. -

Autor: Fernando Barciela

Fuente: El País

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Fernando Cerutti

Cinco tendencias que influirán en los hábitos de compra de los próximos años

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La compra inteligente, la sostenibilidad, la salud e internet como canal de venta moverán el consumo en los próximos años, según el estudio de actitudes “LifeSTYLES” 4 realizado por Kantar Worldpanel .

1. El “smartshopper” administra de forma inteligente su presupuesto.

El 63% de los hogares planifica la compra (frente a un 60% que lo hacía en 2002), y la mitad (51% frente a 46% en 2002) prepara una lista antes de salir de casa y se ciñe a ella una vez en la tienda. El objetivo: reducir riesgos y tentaciones a la hora de comprar.

Pero el consumidor no es sólo más planificador, sino también más racional: un 36% de las amas de casa declara seguir un presupuesto estricto a la hora de la hacer la compra, cuando hace ocho años lo hacía un 32%, y controla más lo que compra, a través de realizar más visitas a las tiendas (+2,5% respecto al año anterior) pero adquiriendo menos cantidad de producto en cada ocasión (-5,9% respecto al año anterior). De este modo es capaz de comprar solamente lo que necesita en ese momento y en la cantidad que necesita.

Por otra parte, la necesidad de optimizar su presupuesto destinado a la cesta de la compra le hace más ahorrador: un 73% compara precios para aprovechar ofertas, cuando en el 2002 lo hacía un 69%, y un 44% dice comprar productos de marca sólo cuando están en oferta, frente a un 39% en 2002. En este sentido, la marca de la distribución alcanza en el último año un 33% de cuota en valor, mientras que en 2002 ésta era de un 28%.

2. El consumidor exige un low-cost de calidad.

Para un 25% de las amas de casa el precio es el factor más importante a la hora de hacer la compra, 4 puntos más de lo que suponía en 2005 (entonces era un 21% de las amas de casa que así lo declaraba). Sin embargo, el valor del precio se ha modificado en los últimos años y el consumidor ya no busca solamente precios bajos, sino que quiere más por el mismo precio o lo mismo a un precio menor. Busca en cada acto de compra un retorno individual y quiere sentirse inteligente. Así, ha crecido el número de hogares que prefieren ahorrar en algunas compras para gastar más en otras: un 54,6% declara que “ahorra para lo que quiere”, frente a un 51% en 2006.

3. El consumidor es ecológico, pero no a cualquier precio.

Un 84% de las amas de casa utiliza contenedores de reciclaje y un 64% declara comprar productos que no dañan el medio ambiente. Sin embargo sólo un 43% de ellas estaría dispuesta a pagar más por estos productos, según el estudio, lo que demuestra que existe predisposición por parte del consumidor pero espera una oferta adaptada a sus convicciones.

4. Internet se expande como canal de compra.

Internet como canal para realizar las compras de alimentación y droguería ha crecido un 35% en valor en los últimos dos años, y 2,5 millones de hogares ya han hecho alguna compra a través de este canal en el último año. Éstos gastan un promedio de 64 euros en cada cesta, y un 28% de amas de casa menores de 35 años dicen que lo usarían para hacer la compra, lo que demuestra el potencial de este medio como canal de compra.

En el último año, de todo el gasto realizado en Caprabo el 4,2% provenía de las compras realizadas a través de capraboacasa.com, el 2,1% del gasto en Eroski de Eroski Online, y el 1,5% de Condis de CondisLine.com.

5. El consumidor comprará salud.

La demanda de salud y bienestar es y será una demanda legítima de consumidor. Siete de cada diez amas de casa declaran buscar productos sanos (71%), y el 51% opina que los productos sin aditivos saben mejor. El 60% prefiere comprar productos del país, generalmente más asociados a una dieta saludable.

Si bien en la década de los 90 el concepto de salud estaba asociado a “cuidar la línea”, hacia el 2000 el beneficio de la salud estaba en consumir alimentos funcionales y en 2005 se buscaba más el bienestar y la belleza, la tendencia que predomina en la actualidad es la que añade beneficios específicos a la funcionalidad.

Es decir, los productos que triunfan hoy y que marcan una vía de crecimiento basada en la salud, son aquellos que aportan soluciones específicas, como productos para combatir el colesterol, la densidad ósea…

Informe completo (pdf)

Fuente: MarketingNews.es

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Mariano Morresi

La crisis de Europa aún está a mitad de camino

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Por Kenneth Rogoff

CAMBRIDGE, EE.UU.- Ahora que la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional comprometieron 67.500 millones de euros para rescatar a los bancos irlandeses en dificultades, ¿está terminando, finalmente, la crisis de deuda de la eurozona?

Desafortunadamente, no; es probable que apenas estemos a mitad de la crisis. Ciertamente, una enorme y sostenida aceleración del crecimiento podría remediar los problemas de deuda de Europa. Sin embargo, ese escenario dorado es cada vez más improbable. El final supondrá, seguramente, una oleada de procesos de saneamiento de deuda similar a la que acabó con la crisis de deuda de América latina de los años ochenta.

Para empezar, faltan más rescates, empezando por el de Portugal. Con una tasa de crecimiento promedio de menos del 1% en los últimos 10 años, y el mercado laboral que es uno de los más escleróticos de Europa, es difícil imaginar cómo podría Portugal crecer lo suficiente para eliminar su carga de deuda.

Los portugueses afirman que su situación no es tan grave como la de Grecia, que se encuentra ya en lo que sería el equivalente económico de una terapia intensiva. Los niveles de deuda de Portugal son problemáticos. Es probable que Portugal, que parte de un escenario de recesión o crecimiento lento con austeridad presupuestal para los próximos años, busque ayuda más pronto que tarde.

España es un caso más difícil. El gobierno central es solvente, pero una parte importante de los bancos municipales o provinciales están endeudados. La pregunta en el caso de España es si, al igual que en Irlanda, el gobierno se dejará manipular para que se haga cargo de la deuda privada y de la municipal. La historia no da lugar al optimismo. Es difícil para un gobierno central no actuar mientras los actores económicos clave están al borde del colapso.

Los rescates de Portugal y España son sólo la fase siguiente -no necesariamente la etapa final- de la crisis. A la larga, es probable que se requiera una reestructuración significativa de la deuda en todos los países de la eurozona.

Los llamados PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España), que ya se enfrentaban a un crecimiento lento antes de la austeridad fiscal, tienen ante sí la perspectiva de una “década perdida”, como la que experimentó América latina en los años ochenta. El renacimiento y la dinámica moderna de crecimiento de América latina empezaron después de los procesos de saneamiento que se emprendieron en toda la región en el marco del Plan Brady de 1987. Una reestructuración similar es también el escenario más probable en Europa.

Merkel, la única realista

A veces parece que entre los líderes de la eurozona la única que está dispuesta a encarar la posibilidad de una reestructuración de deuda en el futuro es la canciller alemana Angela Merkel. Se han hecho críticas generalizadas a los alemanes por señalar que Europa no tiene un mecanismo para solucionar los impagos soberanos y que con seguridad necesita uno. Muchos expertos quieren hacer creer que Irlanda habría salido ilesa si no hubiera sido por las torpes afirmaciones de Alemania.

Eso es una tontería. En vista de las enormes deudas privadas, la caída de los precios inmobiliarios y los reclamos externos que ascendían a más de 10 veces el ingreso nacional, nunca habría habido una salida fácil.

En julio pasado, la eurozona hizo una gran alharaca con las “pruebas de tensión” financiera de sus bancos y declaró que casi todos, incluidos los de Irlanda, gozaban de buena salud. La negación no es una política útil para solucionar una crisis financiera.

Aquí es donde el más reciente rescate irlandés es particularmente desconcertante. Esencialmente, lo que han hecho Europa y el FMI es convertir el problema de la deuda privada en uno de deuda soberana. A los titulares de bonos, a las personas y a las entidades que extienden créditos a los bancos se les permite sacar todo su dinero en masa y remplazarlo por deuda pública. ¿Han decidido los europeos que el impago soberano es más fácil o solo sueñan con que no pasará?

Al nacionalizar las deudas privadas, Europa siguie el camino de la crisis de deuda de los años ochenta de América latina. Ahí los gobiernos “garantizaron” la deuda del sector privado y después declararon el default. Finalmente, con el Plan Brady de 1987, se logró una reducción de la deuda del 30 por ciento.

La mayoría de las autopsias de la crisis latinoamericana sugieren que todas podrían haber obtenido mejores resultados si hubieran logrado ponerse de acuerdo antes en la condonación parcial de la deuda. América latina podría haber vuelto a crecer mucho antes. Como los responsables europeos del diseño de políticas van de una etapa de negación a otra, tal vez sea tiempo de empezar a ver de forma más realista. Un alcohólico regenerado les podría decir que el primer paso es aceptar, como Merkel, que Europa tiene un problema.

Autor: Kenneth Rogoff

Fuente: La Nación – Project Syndicate

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Mariano Morresi

La clase ociosa ahora trabaja

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La idea de la “clase ociosa” ha estado desapareciendo durante décadas. El auge de riqueza de los últimos 20 años ha estado protagonizado más por ricos que trabajan —emprendedores y ejecutivos— que por capitalistas pasivos que se ganan la vida con sus inversiones y se dedican a navegar o jugar al golf.

Sin embargo, nuevos datos muestran que el cambio has sido más rápido de lo que se creía. Un estudio divulgado en Canadá muestra que el 1% que más gana obtiene más de dos terceras partes de sus ingresos totales de sus salarios. Esta conclusión representa un marcado repunte frente a los años 50 y 60, cuando menos de la mitad (45%) de los ingresos totales procedían del trabajo.

“Lo que está haciendo cambiar la tendencia es cómo se valora el trabajo de quienes están arriba. No son ganancias de capital, no son cuantos activos tiene, realmente es una cuestión de ganancias y cómo se recompensa el trabajo de los jefes, los famosos, los artistas, los atletas”, dijo Armine Yalnizyan, economista jefe del Canadian Center for Policy Alternatives , al diario Vancouver Sun.

Estados Unidos ha experimentado un aumento similar. Según estudios sobre ingresos realizados por Emmanuel Saez, del Departamento de Economía de la Universidad de California, los salarios representaban 56% de los ingresos del 1% que más ganó en 2008, frente a 40% en 1960. El resto procedía de dividendos, intereses y alquileres recibidos. Saez también encontró que la propiedad de un negocio tan sólo representaba una tercera parte de las ocupaciónes entre el 1% más adinerado.

Saez añade: “la evidencia sugiere que los que obtienen mayores ingresos en la actualidad no ‘viven de la renta’ que obtienen sus ingresos de patrimonios heredados sino ‘los ricos trabajadores’, empleados con elevados salarios o nuevos emprendedores que aún no han acumulado fortunas comparables con las acumuladas durante la Edad Dorada (el período entre la Guerra Civil de EE.UU. y la Primera Guerra Mundial)”.

El hecho de que los crecientes salarios entre los principales ejecutivos hayan ayudado a los ricos, y exacerbado la desigualdad, no es noticia. Los ataques a las bonificaciones en Wall Street y a los salarios de los presidentes ejecutivos de compañías forman parte de la dieta diaria de los medios de comunicación. Otro debate es si estos salarios están de hecho justificados o no.

Pero el considerable ascenso de los ricos asalariados muestra cuánto ha cambiado la clase alta en las últimas décadas. Throstein Veblen, en su famosa “Teoría de la Clase Ociosa”, publicada a finales del siglo XIX, escribió que “el trabajo manual, la industria, todo lo que está relacionado directamente con el trabajo diario de ganarse la vida, es la ocupación exclusiva de la clase inferior”.

Hoy en día, incluso la clase ociosa —o lo que queda de ella—quiere ser vista como productiva.

Un pregunta para los lectores: ¿Porqué cree que los salarios han reemplazado al capital como la fuerte de los altos ingresos?

Autor: Robert Frank

Fuente: Wall Street Journal Americas

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Fernando Cerutti

Concentración de la riqueza: un freno al crecimiento en América

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Existen una serie de limitaciones al desarrollo económico. Un reciente trabajo pone el foco sobre la desigualdad.

El 57% del PBI de América Latina y el Caribe se genera en sólo el 9% de su territorio. Esta concentración de la riqueza es una de las características de la identidad de esta región, señalada como la más desigual del mundo. De las 300 regiones intermedias que conforman Latinoamérica, menos del 3% pueden exhibir, simultáneamente, indicadores económicos y de desempeño humano positivos.

Sólo 8 regiones con alto PBI per cápita superan los valores promedios de 6,6 años de escolaridad; 19,1% de la población con educación superior y un 19% de profesionales. Estas son: Santiago (Chile); DF Brasilia (Brasil); Limael Callao (Perú); Nuevo León, Baja California Sur, Coahuilla, Sonora y Tamaulipas (México).

Pocos territorios con bajo PBI per cápita tienen buenos niveles de educación, entre ellos: Cochabamba y La Paz (Bolivia); Goias y Mato Grosso Sul (Brasil); Valparaíso (Chile); Atlántico (Colombia) y Jalisco (México). La educación y capacitación es central para impulsar en la zona proyectos de innovación, vitales para el desarrollo.

Los datos corresponden al trabajo del Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y Social (ILPES), para el II Seminario Internacional en Desarrollo Económico Territorial que realizó la CEPAL. También, se divulgaron algunos ejemplos comunitarios para enfrentar la desigualdad geográfica extrema.

“Altos niveles de concentración espacial de la generación de riqueza no siempre significan altos niveles de desigualdad territorial, pero sí en América Latina y el Caribe”, asegura el economista Iván Silva Lira, jefe del área de Gestión Local y Regional del ILPES.

“Si para crecer es preciso concentrar y aglomerar, la pregunta es ¿cuánta concentración y cuánta aglomeración es, éticamente, aceptable?”, reflexiona.

Silva Lira cuestiona el informe del Banco Mundial sobre Desarrollo Humano 2009, cuyo mensaje es, en su opinión, que si bien la aglomeración genera desequilibrios territoriales, esto sigue siendo necesario para impulsar el crecimiento y que una difusión prematura lo pondría en peligro.

El estudio del ILPES tiende a mostrar que a veces las desigualdades territoriales, además de crear sociedades injustas, constituyen un obstáculo estructural al crecimiento económico. “Y, si lo fueran, ¿los gobiernos nacionales deberían preocuparse por reducir brechas de desigualdad además de por crecer?”, Silva Lira sigue disparando preguntas.

En Bolivia y México, “la relación entre crecimiento y desigualdad tiene forma de tijeras: a menor desigualdad, mayor crecimiento y a mayor desigualdad, menor crecimiento. La tendencia es a un crecimiento decreciente y al aumento de la desigualdad”, observa.

En Brasil, Chile y Colombia (en menor medida en la Argentina), la tijera es invertida: hay una tendencia al aumento de la tasa de crecimiento a medida que disminuye el indicador de desigualdad, esto podría ser un indicio de lo que se llama “convergencia”, que es el equilibrio recomendado. Perú es un caso aislado: hay una tendencia al aumento en paralelo de las desigualdades y el crecimiento.

En la región, los países monopolares concentran más del 50% de la actividad económica en un solo punto del territorio. Hacia 2005, la Argentina concentraba el 58% de su actividad económica en el polo conformado por la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Chile concentraba en Santiago, en 2006, el 47 % de la actividad y Perú en Lima y El Callao, el 52%. Hay países bipolares, como Bolivia con La Paz y Santa Cruz (53%) y Ecuador con Guayas y Pichincha (44%).

Brasil es un país multipolar, San Pablo; Río de Janeiro y Minas concentraban en 2006 el 53% de la generación de riqueza. Lo mismo sucedía en Colombia en sus regiones de Bogotá, Antioquia y Valle (50,79%) y en México con el DF, Mexico, Nuevo León y Jalisco (44,6%).

El Producto Bruto Geográfico (PBG) llega a ser 8 o 9 veces mayor entre las regiones más ricas y más pobres de estos países para el período analizado (1990-2006), como puede observarse en la infografía.

En la Argentina la brecha entre el PBG de Santa Cruz y El Chaco, en 2009, era aproximadamente de 15 veces a partir de las inversiones en energía y minería, según un informe de Economía & Regiones. Este marcado desequilibrio es una “marca” en América Latina.

La mayor desigualdad entre regiones en un país de la OCDE, según el mismo estudio, fue acusada por Francia, pero el PBG de su región más rica, Ilhe de France, fue en 2006, el doble del de su región más pobre, Languedoc Rousillo.

Autora: Anahí Abeledo

Fuente: iEco Clarín.com

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Mariano Morresi

Más argentinos se sienten clase media gracias al consumo financiado

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La posibilidad de adquirir bienes financiados hizo que buena parte de la sociedad acceda a productos que antes estaban más vinculados al consumo típico de un peldaño más alto de la pirámide de ingresos. Esto aumentó la sensación de inclusión. ¿Cuánto se debe ganar para formar parte de este segmento?

La extensión de la política de beneficios de los bancos produjo un sustancial cambio en el mercado de consumo, luego de que las entidades sumaran a los descuentos promocionales que venían otorgando sus agresivos planes de pagos en cuotas sin interés.

Y esta posibilidad con la que ahora cuentan muchos argentinos de apostar al “efecto licuación”, esto es, diferir el pago de un bien en el tiempo para que dichas cuotas se vayan erosionando en manos de la inflación y de las subas salariales, también produjo alteraciones en los hábitos de compra característicos de los distintos segmentos que conforman la pirámide socioeconómica.

“A la gente no le preocupa tanto cuánto le pesa la cuota del LCD en su sueldo. Su expectativa es que los aumentos de sus ingresos le vayan licuando esa deuda. Pero, sobre todo, sabe que una alta inflación implica que el día de mañana va a consumir menos, entonces trata hacerlo hoy”, afirma Andrés Méndez, director de la consultora AMF.

Así las cosas, buena parte de los asalariados ha podido acceder a todo tipo de productos -desde electrodomésticos hasta automóviles? que, sin estos planes, hubiesen quedado lejos de su alcance.

En buen romance, les sirvieron para hacerse de algunos bienes, aunque éstos estén más emparentados con el consumo típico de un peldaño más alto de la pirámide de ingresos.

Así, se sienten “más clase media”, aunque técnicamente pueden no serlo (si es que se considera como parámetro excluyente la evolución “real” de sus ingresos).

“Un súper LCD, un buen equipo de audio, ya no son privativos de una determinada clase social. Se democratizaron. Hoy te encontrás con gente que no es la típica de clase media, comprando productos muy emparentados a este segmento”, afirmó a este medio el directivo de una de las más importantes cadenas de electrodomésticos.

“No hay, como en los ?90, una visión de que consumía aquél que había alcanzado cierta posición social. Ahora el consumo es una aspiración general”, sostiene Javier Casas Rúa, de PriceWaterhouseCoopers.

¿Cuánto cuesta la canasta clase media?

Buena parte de los argentinos sienten que pertenecen a este segmento, aún sin saber exactamente el nivel de ingresos mensuales requeridos para formar parte.

“En este último tiempo se dio un gran cambio en la concepción de esta clase social, que se vio favorecida por las políticas de consumo que se han implementado en el país”, destaca Martín Apaz, gerente del departamento de Economía de Deloitte.

“Quienes hace varios años se definían como clase media tenían otras aspiraciones. Lo primero a lo que querían acceder era el techo propio o apuntar a una mejor vivienda. Hoy, más alejados de esa posibilidad, se sienten reconfortados con tener el último celular, un buen LCD o hacerse de un 0km”, destaca.

En la misma línea, Casas Rúa resalta que “uno de los principales cambios de este último tiempo ha sido el de una caída en el interés por una mayor calidad institucional, en pos de un mayor deseo de gratificación personal”.

Para este segmento, la canasta de la clase media contiene algunas particularidades que las distinguen respecto a la de otros niveles socioeconómicos.

Soledad Pérez Duhalde, economista de Abeceb.com, explica que, además del ingreso, este sector se identifica con la preferencia de uso de determinados servicios, tales como un buen sistema de educación o el contar con una reconocida prepaga.

Ahora bien, ¿cuál es ese nivel de ingresos que se requiere para hacer frente a la “canasta clase media”?.

La consultora Ecolatina elaboró  la estructura de gastos asociadas a este segmento, para el caso de una familia tipo con dos hijos en edad escolar.

Del mismo se desprende que se requiere de unos $11.600 para poder cubrir estas necesidades:

Del mismo relevamiento también se desprende que:

  • En un año, el gasto promedio se incrementó un 22 por ciento.
  • Alimentos y bebidas fue el que más escaló (34%).
  • La mitad del presupuesto se esfuma en este ítem, prepaga (plan familiar) y educación (colegio privado subvencionado).

En la misma línea, un reciente informe elaborado por Ernesto Kritz, de SEL Consultores, destaca que para los gastos cotidianos se debe desembolsar un 20% más que hace un año.

Entre ellos, menciona que por un menú ejecutivo debe pagarse un 50% más, un 25% más por la nafta (súper) o por un seguro de autos contra terceros.

No obstante, la recomposición salarial ha permitido mantener el nivel de vida, aunque esta mejora no benefició a todos por igual.

En efecto, los asalariados convencionados han logrado mantener su poder de compra, no así quienes están fuera de convenio.

Así las cosas, y según la última información disponible de mercado (ajustada por suba de precios) el ingreso “familiar” debe ser:

  • Para ser un “clase alta”, superior a los $19.000
  • Para ser un clase “media-alta”, debe ubicarse entre los $19.000 y $8.000
  • Para ser un clase “media-media”, entre los $8.000 y $5.000
  • Para ser un clase “media-baja”, el promedio se ubica en los $3.800

El poder de la clase media en el mundo

A la hora de saber cómo se conforma la pirámide social de ingresos a nivel global y su impacto en el consumo, un informe de McKinsey resulta revelador.

La consultora internacional indagó en 24 países, incluida la Argentina, el nivel de ingresos de cada segmento ajustado por el poder de paridad de compra (es decir, el poder adquisitivo “real” de los salarios en cada país después de corregidas las distorsiones que genera el tipo de cambio).

De la investigación se desprende que:

  • La clase más alta genera una demanda del 2% del total.
  • El segmento más bajo, aunque comprenda el 60% de la población relevada, sólo participa en un 28% del consumo general.
  • La clase media, en cambio, en sus 3 categorías, representa el 70% del mercado del consumo.

Cambio de hábito

El mercado está viviendo un profundo procesos de cambios.

Al respecto, desde Deloitte destacan dos cuestiones fundamentales:

Una tiene que ver con los aumentos salariales que, junto con el financiamiento en cuotas y a tasa fija, permite que más gente se vuelque al consumo.
Otra tiene que ver con la posibilidad con la que cuentan hoy los sectores más bajos para acceder a bienes de consumo durables que, bajo otras circunstancias, encontrarían más dificultades para hacerlo.
“Creo que los planes de pago en cuotas influyen más que el salario. Mucha gente mira sólo el pago mensual y si lo puede afrontar”, sostiene Apaz.

¿Qué factores impulsan el mayor consumo?

Está claro que un millón de LCDs no pueden ser comprados únicamente por las familias de altos ingresos, sino que implica una masificación del consumo, que incluye a gran parte de la población que se encontraba anteriormente más alejada de las góndolas.

Kritz coincide en que el boom de compras fue impulsado en gran medida por los fuertes incrementos remunerativos alcanzados por los asalariados dentro de convenio. “Para ellos, hubo una mejora de bienestar importante”, apunta Kritz.

“Los asalariados registrados (privados y públicos) concentran cerca de dos tercios de los ingresos laborales y algo más de la mitad del correspondiente al total de los hogares. Un incremento real en sus ingresos tiene un efecto sobre el consumo privado varias veces mayor que el de otras fuentes, como pueden ser las transferencias públicas”, resalta Kritz.

Esta sensación de mejora percibida en el nivel de ingresos viene acompañada por una mayor propensión a gastar.

A diferencia de otros años, hoy hay menos argentinos que buscan tener el dinero “debajo del colchón” y optan por adelantar consumos, desde adquirir productos tecnológicos hasta cancelar un viaje en cómodas cuotas.

Además, los elementos que han contribuido a este repunte son:

  • Subas salariales sin techo. Los altos aumentos nominales en las negociaciones paritarias han convertido a los asalariados bajo convenio en la “locomotora” del consumo.
  • Menor temor a perder el empleo. Es el elemento que tanto economistas como empresarios señalan como condición básica para que se dé una reactivación (sobre todo si es a crédito).
  • Mayor predisposición a tomar un préstamo. Un informe de la consultora Deloitte revela que la financiación bancaria para el consumo viene creciendo a un ritmo del 30 por ciento, y que las familias tienen una deuda de dos ingresos mensuales.
  • Crédito hasta en el segmento no bancarizado. Según datos de PWC, los hogares con ingresos menores a $2.000, generalmente trabajadores que no tienen cuentas sueldo, vienen accediendo de manera acelerada a la financiación mediante uso de plásticos. Tal es así que ya mueven un volumen de $7.000 millones.

Pero, buceando más profundo entre las motivaciones para adquirir productos caros, los analistas encuentran factores que van desde la coyuntura económica hasta cambios culturales de la sociedad.

Entre las causas más ligadas a la economía, se ubica el concepto de “ahorrar consumiendo”. Es decir, la visualización de los bienes durables como una forma de proteger el ingreso en un entorno de alta inflación.

Y es en este contexto de protección del dinero, en el que el sector de clase media dice presente dejando en claro que la propensión a consumir no hace distinciones sociales.

“Hoy lo que la gente le exige a los gobiernos es mantener su statu quo y la posibilidad de seguir haciéndose de bienes. Y esto se traslada hacia todos los sectores sociales”, concluye Casas Rúa.

Autora: Guillermina Fossati

Fuente: iProfesional.com

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Mariano Morresi

Los países emergentes pueden impulsar al mundo, o no

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CAMBRIDGE, EE.UU.- En los primeros días de la crisis global había optimismo de que los países en desarrollo podrían evitar la debacle que vivían los países avanzados. Esta vez, no eran los que habían caído en excesos financieros y sus fundamentos económicos parecían sólidos. Estas esperanzas quedaron en nada a medida que se secaba el crédito y colapsaba el comercio internacional, enviando a los países en desarrollo a la misma espiral en que cayeron los industriales.

El comercio y las finanzas internacionales han resucitado y ahora escuchamos una versión más ambiciosa. Se dice que los países en desarrollo se encaminan a un fuerte crecimiento, independientemente del desánimo y las malas nuevas que han regresado a Europa y EE.UU. Muchos esperan que el mundo en desarrollo se convierta en el motor del crecimiento mundial. Otaviano Canuto, uno de los vicepresidentes del Banco Mundial, y sus colaboradores acaban de producir un informe que abunda en detalles acerca de este pronóstico.

Hay varias razones por las que este optimismo no es poco razonable. La mayoría de los países en desarrollo han ordenado sus cuentas financieras y fiscales y no cargan con altas deudas. Por lo general, los regímenes de gobierno están mejorando, junto con la calidad de las políticas. Las posibilidades de transferencia de tecnología a través de la participación en las redes de producción internacionales son mayores que nunca.

El lento crecimiento en las economías avanzadas no tiene por qué ser un freno al desempeño de los países en desarrollo. El crecimiento de largo plazo depende no de la demanda externa, sino de la oferta interna. Un crecimiento rápido y sostenido es el resultado de que los países comparativamente más pobres van alcanzando los niveles de productividad de los países ricos, no del crecimiento de los países ricos en sí mismos.

Las buenas noticias terminan allí. Para un crecimiento sostenido, se requiere una estrategia, y la mayor parte de los países en desarrollo aún no tiene una que los ponga en el camino de la convergencia económica.

Para demasiados países, el crecimiento en las últimas dos décadas dependió de una combinación de dos factores: una recuperación natural tras las crisis previas (como en América latina) o conflictos políticos y guerras civiles (como en Africa), y altos precios de los productos básicos. No es posible depender de ninguno de ellos para la transformación productiva que necesitan los países en desarrollo.

Considérese el modelo de desarrollo de América latina en las últimas dos décadas. La competencia global ha puesto en forma a muchas industrias de la región, impulsando aumentos de la productividad en sectores avanzados, pero que se han limitado a un estrecho segmento de la economía. La mano de obra se ha desplazado desde actividades transables más productivas (en manufactura) hacia actividades informales menos productivas (servicios). En la mayor parte de los países latinoamericanos, el cambio estructural ha servido para reducir más que promover el crecimiento.

Los gobiernos asiáticos han tendido a apoyar a sus sectores modernos y transables, la mayoría de los países se las ha arreglado para evitar este mal y le ha ido mejor. Es posible que hasta el modelo asiático esté llegando a su límite.

China debe enfrentar el hecho de que el resto del mundo no le permitirá tener un enorme superávit comercial siempre. Una moneda subvaluada, que sirve para subsidiar las industrias, ha sido un factor clave del crecimiento del país durante la última década. Si el yuan se aprecia de manera importante, ese subsidio al crecimiento disminuirá o desaparecerá.

Con independencia de las perspectivas de crecimiento de los países en desarrollo, hay una pregunta más. Una economía mundial en la que los países en desarrollo tengan un peso mayor, ¿fomentará un gobierno global que dé sostenibilidad a un ambiente económico armonioso? Las economías de los mercados emergentes no han mostrado el tipo de liderazgo global que sugiera una respuesta afirmativa.

Las instituciones globales -el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio- siguen siendo producto del liderazgo estadounidense de fines de la Segunda Guerra Mundial. Reflejaron los intereses de EE.UU., pero también codificaron normas de conducta -toma de decisiones basada en reglas, no discriminación, multilateralismo, transparencia- que terminaron por limitar el poder estadounidense. Hasta ahora, países como Brasil, China, India y Sudáfrica han mostrado poco interés en contribuir a la construcción de regímenes globales.

Durante largo tiempo, a los politólogos los ha inquietado que una mayor difusión del poder económico produjera una economía mundial menos estable. Si el centro de gravedad pasa hacia los países en desarrollo, no será un proceso fluido, y ni siquiera benigno. Sólo los países que adopten estrategias basadas en el estímulo del cambio estructural interno prosperarán.

Autor: Dani Rodrik

Fuente: La Nación – Project Syndicate

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Mariano Morresi

Millones de argentinos endeudados

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La mayoría se financia a corto plazo para ganarle a la inflación: el 42% de los créditos del sistema vence en menos de tres meses; el boom del consumo a préstamo se concentra en las clases pudientes
Comprar en cuotas es un arte”, dice Agustín, de 26 años y empleado de una empresa de seguros de capital extranjero. Hace un mes, Agustín ?que pide no revelar su apellido? se compró su primer departamento gracias a ahorros que completó con un crédito a 20 años en pesos y a tasa fija del Banco Nación, y ahora está aprovechando las promociones que le ofrecen sus tarjetas de crédito ?dos propias y una extensión de sus padres? para equiparlo. “La heladera y el microondas, que era lo más pesado, lo compré en cuotas y con descuento con la tarjeta del Nación, que era la que mejor promoción tenía. Ahora estoy tratando de que el Standard Bank me amplíe el límite de crédito para poder usar la tarjeta de ese banco y comprarme el colchón; el tema es que tenía poco crédito porque ya tenía otras cosas compradas en cuotas”, detalla Agustín, que así ya tiene entre el 50 y 60% de sus ingresos comprometido en la cancelación mensual de sus deudas.
Con una inflación que los analistas privados estiman que se encuentra en torno al 25% anual, endeudarse en pesos es negocio, más aún si es a tasa cero, como ocurre con muchas de las promociones que ofrecen las grandes tarjetas de crédito. Y no son pocos los argentinos que lo están aprovechando. De acuerdo con el economista Andrés Méndez, de Finsoport, hay 7 millones de personas que deben $ 10.000 o menos (sobre un total de 9 millones de deudores); suman aproximadamente una deuda de $ 21.000 millones, o un promedio de $ 2900 por cabeza.
Con la memoria todavía fresca sobre cómo actuar en tiempos de aumentos de precios, los individuos prefieren guardarse el efectivo y consumir en cuotas o financiándose con el banco. Así, entre el público minorista, el crédito que más crece no es el hipotecario o el prendario, que involucra generalmente decisiones que no suelen responder a una necesidad de consumo básico, pero sí de corto plazo. De acuerdo con una encuesta de la Fundación Mercado, casi un 74% de las personas que hoy piensan comprar un bien durable, como es un electrodoméstico, dice que planea pagar financiándose con un préstamo personal (un 53%) o utilizando los planes de cuotas que ofrecen las tarjetas de crédito (20,6%). Sólo el 16,7% prevé usar efectivo, contra el 20% en 2008 y más de 25% en 2007. Cristian Forestier, director de Marketing de Megatone-Grupo Carsa, confirma la tendencia: dice cerca del 80% de las ventas que realiza la casa de electrodomésticos son financiadas, con una deuda promedio por cabeza que ronda los $ 3000.
“En el último año se incrementaron la cantidad de transacciones y el uso de las tarjetas, a partir de los planes de cuotas sin interés”, coincide Pablo Kemec, gerente general de Tarjeta Nevada, el plástico líder en la región de Cuyo. “En el interior no replicamos lo de las 50 cuotas, pero hicimos promociones de hasta 24 pagos”.
Siempre que la tasa sea cero o menor al 20% -por debajo de la inflación real proyectada-, aclara Hernán Hirsch, de RSH Macroeconómica, comprar en cuotas puede resultar bien atractivo. Por ello es que, señalan en bancos y en las empresas emisoras de plásticos, los titulares de tarjetas usan las promociones, pero no aumentan su financiación de saldos (esto es cuando el cliente paga sólo el monto mínimo del resumen). Después de todo, según los datos disponibles en el BCRA, las tasas que cobran los bancos por la financiación de saldos se ubican entre el 31,6% y 36% más IVA en abril de este año, bastante por encima de la inflación estimada, aun por los analistas privados.
“Jamás hago eso [de financiar saldos], no creo que a largo plazo me convenga”, opina Guadalupe Alvarez, de 24 años. Pero como muchos otros clientes, la joven dice que adoptó recientemente el hábito de comprar en cuotas. “Antes pagaba en efectivo porque muchos comercios te hacían descuento. Ahora prefiero pagar con tarjeta”, dice Alvarez, que puede tener en un mes normal entre cinco y siete compras a plazo.

La cabeza de la pirámide
El fenómeno del consumo financiado, sin embargo, no es un fenómeno de masas. La mayoría de la gente que hoy acumula deuda no pertenece a los segmentos más bajos de la población, sino a los medios y medios altos. “Cada vez que hablamos de la financiación en cuotas hablamos de segmentos medios de la población, que tienen límites en las tarjetas que les alcanzan para comprar cosas con un ticket promedio de $ 3000″, reconoce Nerio Peitiado, gerente de banca minorista del Supervielle, el principal emisor de MasterCard del mercado. “El sistema está siendo más generoso de alguna manera con los segmentos más altos, dado que muchas de las promociones no llegan a los segmentos más bajos”.
Guillermo Rodríguez, de 30 años, es un ejemplo de un cliente que, sin tener la necesidad, se tentó con las promociones, y aprovechó las 50 cuotas del Santander para hacerse de un lavarropas de $ 2300: “La verdad es que contaba con el dinero; es la primera vez que compro en tantas cuotas. Pero creo que el descuento es mayor que en efectivo, si hubiera, porque sólo con la devaluación estimada de cuatro años obtengo un beneficio muy grande”.
Los planes de 50 cuotas sirvieron, no obstante, para ampliar los beneficios de las tarjetas a los individuos de ingresos medios, cercanos a los $ 3500. “Si no, sólo quienes ganan 5000 pesos o más -los primeros dos deciles de la población, según la medición del Indec- podrían acceder a un LCD de 10.000 pesos”, subraya Dardo Ferrer, de la Fundación Mercado.
Pero con una economía en donde la informalidad asciende a casi el 40% de la población la discriminación parece inevitable. “Las cuotas sin interés, lo mismo que los descuentos con tarjeta, benefician a los que más tienen. Los más pobres no tienen tarjeta, porque los costos fijos no justifican la ganancia marginal y porque los bancos no se interesan tanto en ellos. Es otra prueba más de que los ricos siempre tienen más herramientas para defenderse de la inflación alta que los pobres”, indica Francisco Gismondi, ex gerente de Economía y Finanzas del Banco Central. Así, dice, también lo refleja la encuesta de la Universidad Di Tella sobre confianza del consumidor, en donde la confianza para la compra de durables es mayor y aumenta más durante el último año en los ricos que en los pobres.
Los cordobeses Juan y Marcos, por caso, hasta aprovechan las promociones para hacer negocios. En su provincia, estos jóvenes -que pidieron resguardar su identidad- están incursionando en la compraventa de pequeños terrenos, de unos US$ 10.000. Ante la falta de liquidez, se compraron una heladera en Garbarino en 50 cuotas y la entregaron como parte de pago. De esta forma, hicieron líquido en el momento un capital que luego devuelven a plazo.

Ahogo financiero
Pese a todo, el riesgo de que la población argentina -al menos, de que un segmento- se esté endeudando más allá de sus posibilidades, tal como ocurrió en España o EE.UU., es bajo. Por lo pronto, según estudios privados, el nivel de endeudamiento con tarjeta se ubicaría en torno a 0,6% del salario, mientras que en EE.UU. es del orden del 2,5%. Las familias argentinas, en su conjunto, tampoco están tan endeudadas como en otros países de la región. El crédito privado con respecto al PBI es hoy de solo 12%, contra el 40% de Brasil o el 70% de Chile.
“La actividad crediticia viene creciendo fuerte desde principios de año, y no hay alarmas desde el punto de vista de la mora”, asegura César Calomino, director de marketing de Equifax Veraz. Además, agrega Pablo Curat, socio de Curat, Martínez Larrea & Asociados, la banca argentina funciona muy apoyada en créditos personales, en gran medida, a asalariados y jubilados, en donde el pago se descuenta directamente de una planilla de haberes.
Los bancos argentinos, en tanto, todavía tienen fresco el recuerdo de la crisis, por lo que también son bastante conservadores. “Desde el punto de vista de los límites de crédito que se fijan para cada tarjeta, los bancos han sido expertos. Muchos incluso combinan las deudas de créditos personales con las de tarjetas, de manera tal que un cliente no pueda excederse más allá de sus posibilidades”, opina Carlos Gorleri, presidente y CEO de Credencial Argentina, compañía que se encarga de procesar las tarjetas de bancos y retailers. También los clientes no parecen desbordados. Kemec, de Nevada, dice que sólo 10% de su cartera está utilizando todo su límite de financiamiento.
Ahora bien, otros expertos como el ex secretario de Finanzas Daniel Marx advierten que sí podría existir un estrangulamiento financiero en algunos casos puntuales, en el caso de que el Gobierno decidiera ponerle de golpe un freno a la economía. Quien compra en 50 cuotas, lo hace especulando que mantendrá su empleo y tendrá ingresos iguales o mejores en el mediano plazo. Pero cuatro años puede ser un plazo bastante largo para la economía argentina. “Si suben las tasas de interés o se cierra el grifo del gasto es otro escenario. El tema del cortoplacismo es gravoso”, coincide Méndez, de Finsoport, que subraya con preocupación el hecho de que 42% de la deuda del sector privado con el sistema vence en tres meses o menos. Por ahora, no obstante, se descuenta entre los expertos que intentará mantener la actividad (y el consumo) a todo vapor, al menos, hasta las elecciones presidenciales, en octubre del año que viene.
“Vamos a cerrar el mejor año desde 2003″, se entusiasma Rubén Nocera, gerente general de Banco Nación. “Con tarjeta vendimos en el primer semestre $ 1200 millones o un 60% más que el año pasado. Y los préstamos personales, que se habían amesetado en el primer trimestre, están creciendo a un ritmo superior al de 2008, que fue un año récord. Todo con una morosidad de sólo 1,02%, la más baja del sistema”.

Autora: Florencia Donovan
Fuente: La Nación

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Fernando Cerutti

Los jóvenes invisibles de Italia

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Anna Chiara T., nacida hace 28 años en Prato, Toscana, centro de Italia, no hace nada. No trabaja, no estudia ni busca empleo. Vive al día y forma parte de ese ejército de 908.000 jóvenes “invisibles” que hay en la península.
Son de clase media baja y tienen entre 15 y 29 años. Técnicamente son “invisibles” para la escuela o la universidad, para los institutos de previsión social, para el fisco o para las oficinas que intentan asistirlos en la búsqueda de empleo, porque allí no están registrados.
Si se habló con gran alarma de los mammoni, que tardan más de la cuenta en despegarse del nido materno, ahora el término de “jóvenes invisibles” asusta aún más. Y pinta a las claras una realidad cada vez más dramática para las nuevas generaciones italianas, que no ven la luz al final del túnel.
“¿Para qué buscar trabajo, si ya sé que no hay, y que si hay es por tiempo determinado y por un salario indecente, en negro, y en condiciones de semiesclavitud? Prefiero quedarme en casa y ayudar a mis padres a cuidar de mis hermanos”, explica a La Nacion Anna Chiara T., que tiene cuatro hermanos menores (una rareza en Italia) y que no terminó el secundario.
Según un reciente estudio de Confartigianato (organización que agrupa diversas pequeñas empresas italianas) publicado por el Corriere della Sera, en Italia hay 908.000 “jóvenes invisibles”. Es decir, uno de cada seis jóvenes está fuera de cualquier actividad, sin estudio ni trabajo.
En un dato que habla a las claras de la eterna tragedia italiana de la brutal diferencia entre el próspero Norte y el pobre Sur, según el mismo estudio dos tercios de los 908.000 jóvenes “invisibles” ?que representan el 18,7% de la población total de habitantes de entre 15 y 29 años?, se encuentran en el sur de Italia.
Para Gianpiero Dalla Zuanna, profesor de Demografía de la Universidad de Padua, estas cifras reflejan lo que los economistas llaman el fenómeno de los “desocupados desalentados”.
“En realidad, muchos de estos jóvenes hacen trabajos irregulares, pero cuando son entrevistados dicen que no trabajan y que no buscan trabajo porque creen que les conviene por motivos fiscales”, indicó.
Aunque para él los datos de Confartigianato no hacen más que mostrar la triste y cruda realidad de los jóvenes del Sur, donde la desocupación juvenil supera el 50%, uno de los niveles más altos de Europa occidental.
Según el Istat, el Indec local, la desocupación juvenil en Italia ronda el 29,5%, es decir, afecta a una de cada tres personas debajo de los 24 años. El organismo considera que son los jóvenes los que han sido los más castigados por la crisis económica mundial.
No por nada se ha agravado el fenómeno de los mammoni, así como de los NEET (not in education, employment or training), los jóvenes que se ven obligados a quedarse en casa de sus padres, que no estudian ni trabajan.
El dato de los 908.000 “jóvenes invisibles” desencadenó un fuerte debate en la Red. Algunos les echan la culpa a los padres; otros a las políticas de Silvio Berlusconi; otros al sistema, la mafia, la evasión fiscal y hasta a los inmigrantes, dispuestos a hacer de todo a bajo precio. En todo caso, los comentarios que pueden encontrarse en la Web sirven para entender el clima que se vive.

Inercia
“No creo que sea culpa de los padres: si un chico de 18 años tuviera una buena oportunidad de trabajo, la tomaría, para después independizarse…”, escribió el usuario Maurizio Duce Castellazzo.
“El punto es que no se ofrece trabajo porque los impuestos para quien da trabajo son demasiado altos, los contratos no son suficientemente flexibles y tomar a un empleado a veces es como casarse”, agregó.
Por su parte, “ilvecchiocarson” comentó: “Hace unos días estaba en un pub con un amigo, rodeado de jóvenes, entre los cuales muchos pertenecían a la categoría de «invisibles», de los que no hacen nada, otros estudiantes, casi ninguno empleado”.
“Le comenté a un amigo que mirando a estos jóvenes apáticos no veo un futuro. Esta es una generación que vive en la inercia, pero que mañana, cuando mamita y papito no estén, probablemente no sabrá ni siquiera atarse los zapatos.”
“Estos números no son un caso estadístico, sino un verdadero desastre generacional del cual sólo tienen la culpa los padres. No han acostumbrado a sus hijos al trabajo y al sacrificio, tanto en el estudio como en el trabajo”, sentencia “armatabrancaleone”.
“Estos son los resultados de los hijos de los padres crecidos en el 68. Los efectos devastadores de una cultura que enseñaba que la severidad de los padres tenía que ser destruida”, dice.
Anna Chiara T., la joven que no hace nada de Prato, no se altera al enterarse de que está entre los 908.000 jóvenes “invisibles”. Al contrario, se pone contenta: “Finalmente alguien nos considera”.

908.000 Jóvenes invisibles – Hay actualmente en la península, lo que implica que ingresa en la categoría uno de cada seis.
50% De los jóvenes del Sur - No tiene trabajo. En toda Italia la desocupación juvenil es de 29,5% de la población.

Autora: Elisabetta Piqué
Fuente: La Nación

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Mariano Morresi